El sol caía a plomo sobre las inmensas hectáreas de aguacate, pero a Mateo no le importaba el sudor que empapaba su vieja camisa de franela. Sus manos, cubiertas de tierra oscura, inspeccionaban con cuidado las raíces de un nuevo brote. De pronto, el inconfundible crujido de unos tacones de diseñador sobre la grava rompió la paz de la tarde. Valeria estaba de pie al borde del cultivo, con el rostro desfigurado por el asco absoluto. Había rastreado la ubicación del teléfono de su novio, esperando encontrarlo en el exclusivo club campestre que él había mencionado semanas atrás. En su lugar, lo encontró con el lodo hasta las rodillas y sosteniendo una pala oxidada.

Publicado por negro el

«¿Esto es una broma de mal gusto?», siseó Valeria, apartando un insecto con desprecio. Mateo se limpió la frente, confundido por su actitud, pero ella no lo dejó articular palabra. «¡Me dijiste que trabajabas en el sector agrícola, Mateo! ¡Pensé que eras un ejecutivo, no un simple y asqueroso campesino!» Su voz resonó por el campo, cargada de veneno. Con un movimiento brusco, se arrancó la pulsera de plata que él le había regalado y la arrojó al lodo. «Soy una mujer de clase. Merezco lujos y viajes, no a un muerto de hambre que apesta a fertilizante. Lo nuestro se terminó para siempre».

Mateo no se inmutó. No gritó, no se defendió ni le rogó. Simplemente miró la pulsera hundirse en la tierra, sintiendo que una profunda decepción le apagaba la mirada. Antes de que pudiera responderle a su ahora exnovia, una camioneta todoterreno de lujo frenó bruscamente levantando una nube de polvo junto a ellos. Un capataz mayor bajó apresuradamente, sosteniendo una costosa carpeta de cuero y un teléfono satelital, ignorando por completo la presencia de Valeria.

«Don Mateo, perdone la interrupción, patrón», dijo el capataz, intentando recuperar el aliento. «Los inversionistas europeos están en la línea. Acaban de aprobar el contrato de exportación por diez millones de dólares para nuestro sector este. Además, el notario necesita su firma de inmediato para cerrar la compra de las otras tres mil hectáreas vecinas».

El color abandonó el rostro de Valeria de un solo golpe. Sintió que el oxígeno desaparecía mientras sus ojos saltaban del capataz apresurado al hombre al que acababa de llamar «muerto de hambre». Mateo, el dueño absoluto del imperio agrícola más grande de la región, tomó la carpeta con total naturalidad, dejando marcas de tierra sobre el cuero fino. Firmó el documento sin apartar la mirada de la joven que ahora temblaba de pánico.

«Gracias, Roberto. Dile a los europeos que tenemos un trato», dijo Mateo con una calma sepulcral. Luego, bajó la vista hacia la pulsera de plata abandonada en el barro. No hizo el menor intento por recogerla. «Tienes toda la razón, Valeria», sentenció, con una voz más fría que el hielo. «Tú perteneces a la alta sociedad, y yo pertenezco a la tierra. Ten mucho cuidado de no arruinar tus costosos zapatos mientras sales de mi propiedad».

Mientras Mateo se alejaba hacia la camioneta para atender su llamada millonaria, Valeria cayó de rodillas sobre el mismo lodo que había despreciado segundos antes. El llanto ahogado que escapó de su garganta no era de amor, sino de pura avaricia destruida, entendiendo de la forma más brutal posible que su arrogancia ciega le acababa de costar el imperio con el que siempre soñó.


0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *